Tiempo perdido

Nota: si quieres acompañar la lectura del texto con música, aquí puedes escuchar la canción que me ayudó a escribirlo.


 

Cada instante que paso lamentando el pasado,  

es tiempo que no vivo.

Cada instante que paso angustiado por el futuro,   

es tiempo que no vivo.

 

Tiempo al servicio del sufrir,

tiempo consumido entre sombras,

caminando tembloroso de la mano del miedo,

respirando pesado por las culpas y el reproche.  

 

Tiempo de espinas y rudezas,  

atrapado en luchas que detesto,

es esfuerzo infinito a cambio de nada,  

es desgaste y castigo a mi esperanza.

 

Tiempo donde no me dejo abrazar por tu bondad,

donde no agradezco tu presencia ni tus gestos,  

donde soy insensible a tu rostro y a tu alma,

donde no sonrío ni hacia fuera ni hacia dentro.

 

Tiempo anclado en un ayer que ya no existe,   

persiguiendo un mañana por naturaleza incierto,

es tiempo precioso gastado en vano,    

oro cósmico para siempre perdido.

 

Sólo en la fugacidad de Este momento,      

en este pulso continuo que ante nada se detiene,       

es donde la inspiración alumbra generosa mi camino,   

y mis problemas encuentran sus ansiadas soluciones.   

 

Cada instante que navego por el eterno presente,       

abriéndole mis brazos como velas al viento,      

es tiempo donde sólo el amor es quien me impulsa,

tiempo donde soy libre para gobernar mi rumbo.          

 

Cada instante que confío en la riqueza de la vida,        

que me rindo a sus maravillas y misterios,              

es tiempo que no sufro,

es tiempo que SÍ vivo.    

 

– Sergio M.


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La atención plena: el poder de gobernar nuestra mente

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La sociedad moderna en la que vivimos nos expone a unas exigencias psicológicas y emocionales tan elevadas que nos hace sentir crónicamente ansiosos o estresados. Esto puede parecer algo ‘normal’ ya que nos hemos acostumbrado a este entorno tan agitado y competitivo, pero lo cierto es que nuestra biología no está diseñada para vivir permanentemente bajo una sensación de inseguridad, como si estuviéramos en lucha o peligro constante. En este escenario, las preocupaciones y las inseguridades, que nos gobiernan desde el subconsciente, ‘secuestran’ la atención de nuestra mente con una fuerza arrolladora ante la que poco podemos hacer. Tanto es así que la mente acaba convirtiéndose en una especie de enemigo que parece ir en contra de nuestra voluntad, una herramienta descalibrada y caótica que pierde su extraordinario poder para guiarnos hacia una vida satisfactoria.

Si permitimos que la mente siga enfocando allí donde apuntan nuestros temores, donde señala nuestro resentimiento o desconfianza, quedaremos atrapados en dinámicas pesimistas, en recurrentes y angustiosos viajes entre los lamentos del pasado y las incertidumbres del futuro, terrenos inhóspitos y yermos donde nuestra vida no puede florecer. Si no recuperamos el control de nuestra atención, nuestra existencia se torna oscura, frustrante y llena de amargura, ya que sólo seremos capaces de vagar por los lugares donde no es posible encontrarse con la felicidad.

Afortunadamente, podemos ejercitar y fortalecer la mente para recuperar el control de nuestra atención y de nuestra vida. El método más efectivo para cultivar esta habilidad es la meditación de la atención plena o mindfulness. Esta práctica suele iniciarse con algo tan simple como permanecer concentrados en la sensación que nos genera la respiración, con la única misión de volver a ella cada vez que nuestra mente se distraiga. Se trata de un ‘tira y afloja’ entre nuestras incesantes preocupaciones y nuestra voluntad: ellas se llevan tu foco de atención, tú lo recuperas, ellas se lo llevan, tú lo recuperas… Lo más valioso de este ejercicio es que, al redirigir una y otra vez nuestra atención, fortalecemos nuestra capacidad de controlarla.

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Comprendiendo que nuestros pensamientos y emociones son sólo realidades subjetivas y pasajeras, en su mayoría construidas con el impulso del miedo, ayudamos a forjar una ‘mirada sabia’ que observa y deja ir, es decir, una mirada que nos permite estar atentos y receptivos a todo lo que nos sucede pero sin ser arrastrados por la agitación mental. De esta forma fortalecemos virtudes esenciales para gozar de una vida plena, como son la paciencia, la comprensión, la resiliencia y el optimismo.  

Este ejercicio de la atención plena puede parecernos una tarea improductiva, como si perdiéramos el tiempo o incluso como si hiciéramos algo ridículo y sin sentido. Pero lo cierto es que nos enseña a recuperar el control de nuestra atención para redirigirla hacia donde nos plazca, a pesar de la insistencia de nuestros miedos y preocupaciones en despojarnos de ese control. Así es como le enseñamos a nuestra mente a obedecer, a supeditarse a nuestra voluntad y a no quedarse atrapada allí donde no queremos: donde nos hace sufrir y donde nos impide disfrutar de nuestros talentos y virtudes.

Todas las personas profundamente felices, ya sea porque lo han cultivado conscientemente o porque lo han adquirido de forma natural, comparten esta poderosa habilidad de dirigir la atención a donde apuntan sus verdaderos deseos. Con una mente que colabora y rema a nuestro favor seremos nosotros, y no nuestros miedos, quienes gobernemos el rumbo de nuestras vidas.

– Sergio M. –


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El refugio de la escritura

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Ilustración de Chris Sheban

Octubre de 2014. Recuerdo esta fecha por ser un mes especialmente lluvioso en el norte de España. Pero sobre todo la recuerdo por ser la fecha en la que mi vida y la escritura quedaron unidas para siempre.

En aquella época me perseguía la idea de que necesitaba embarcarme en un viaje más profundo hacia mí mismo, de que debía ser más valiente y enfrentarme cara a cara, y de una vez por todas, a los miedos y al sufrimiento que tanto me limitaban. Hasta entonces, el temor a lo desconocido y a mis propios fantasmas me había frenado e impedido ese paso tan necesario. Pero llegó el día en que por fin fui capaz de vencer todas esas resistencias e inseguridades y lanzarme al vacío. Ocurrió cuando caminaba embelesado bajo una lluvia que parecía infinita: mi deseo persistente de disfrutar de una vida plena se transformó en una sensación tan intensa que resultó incuestionable. Sentí cómo aquel deseo se convirtíó en la más férrea determinación y lo sentí con la seguridad con la que se sienten las certezas absolutas.

La decisión estaba tomada: al día siguiente pondría rumbo a la montaña granadina de Sierra Nevada camino de un desafiante y solitario retiro espiritual, en el centro budista Oseling. Una vez allí, en total aislamiento, viviendo de forma simple y rudimentaria, y sin nada superfluo en lo que enfocar mi mente, no me quedó más remedio que hacer frente a todo mi sufrimiento acumulado y a una desastrosa relación conmigo mismo. Y lo hice con la única compañía de que disponía: mi cuaderno y mi pluma. Para mi fortuna, enseguida se hizo evidente que ésta era la mejor compañía posible…

Lo que allí descubrí fue una escritura sorprendentemente íntima y acogedora. Tanto fue así que se convirtió en un inesperado refugio, animándome a ser valiente y honesto como nunca antes. Bajo su protección pude dar libre voz a mi ‘yo’ interior, entregándome sin reservas a un cuaderno que parecía comprenderme. Cualquier sentimiento doloroso era absorbido y abrazado por ese cuaderno que se escribía ‘solo’, sin esfuerzo. Las palabras brotaban directamente desde el corazón, sin ser juzgadas ni reprendidas. Palabras que curaban por el simple hecho de ser escritas sin importar el contenido de las mismas y que, en su trazo despreocupado sobre el papel, se mezclaban con las lágrimas que en su inevitable caída me iban liberando de un peso mucho mayor que el de su contenido en agua. Lágrimas indescriptiblemente hermosas y necesarias que inundaron mi ser de esperanza, haciéndome sentir confiado y seguro en su presencia, por fin acogido en un verdadero y cálido hogar.

Esta experiencia resultó tan auténtica y liberadora que, pese a estar aislado en la montaña a más de dos mil metros de altitud, la sensación de soledad y de vacío interior se esfumó por completo. El mundo y todas sus hermosas manifestaciones ahora se me mostraban increíblemente cercanas y amables. Dejé de rechazarme y exigirme, y comencé a aceptar sin condiciones mi situación y mi dolor. Ahora sabía, con la misma certeza con la que sentí que debía emprender este viaje, que lo único que me llevaría a la felicidad era mi bondad y mi compasión.

Gracias al refugio que me brindó la escritura logré reencontrarme y reconciliarme conmigo mismo. Pude ofrecerme, por fin, la bienvenida y el abrazo incondicional que tanto había necesitado.  

 

– Sergio –


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Esas voces que me atormentan

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— Fragmento de mi diario personal, año 2014 —

Hoy siento que no lo puedo soportar más. Esta lucha me está consumiendo y desgastando, física y emocionalmente.

Siempre es lo mismo. Es esta maldita sensación, esta ansiedad permanente en todo lo que hago. Cualquier situación la vivo con urgencia o desesperación, obsesionado por resolver todo cuanto antes y a la perfección. Allá donde miro sólo encuentro problemas… y siento que debo afrontarlos como si mi vida estuviera en juego, sin poder cometer el más mínimo error.

Así no puedo disfrutar ni por un momento, no puedo sentir paz ni auténtica alegría; siento que no me lo puedo permitir, es como si no tuviera derecho a ello.

“¡Esfuérzate más!, ¡soluciónalo!, ¡es tu responsabilidad!, ¡es tu deber!. ¡No te equivoques!”.    

Reconozco perfectamente estas voces tiranas que me atormentan desde la profundidad propia de un viejo dolor sin curar. Sé que no son voces legítimas, que sólo son ecos fantasmales del pasado que ni siquiera me pertenecen; pero aún así me acaban convenciendo, obligándome a escuchar y a obedecer sus despiadadas exigencias: que luche desesperadamente para ser mejor, que me responsabilice de todo, que me preocupe y me exija hasta el extremo sin la más mínima compasión por mí mismo.

Estas voces me arrastran una y otra vez, y me siento miserable al ver que soy incapaz de evitarlo, que lo máximo que alcanzo es a ser testigo privilegiado de mi autosabotaje; esta situación es tan absurda que al contemplarla sólo consigo generarme una mayor sensación de rechazo y desprecio por mí mismo, añadiendo así más leña al fuego de la desesperación.

“¿Cómo puedes hacerlo tan mal?, ¿cómo puedes caer una y otra vez en lo mismo?… ¡Eres un inútil! ¡Tienes que hacerlo mejor!”.

Esta triste y lamentable dinámica en la que me siento atrapado se produce porque el niño en el que se instalaron estas voces, el que permanece escondido y arrinconado bajo este cuerpo y estos pensamientos de adulto, sigue convencido de que AÚN no es merecedor de aprobación ni de respeto, que no es digno de amor alguno… “¡NO ERES SUFICIENTEMENTE BUENO!”.

Es evidente que mi mente no está dispuesta a interrumpir la espiral de pensamientos ansiosos y desesperados mientras sienta que no soy suficientemente bueno ni merezco el amor de los demás. No es posible sentir paz ni seguridad bajo este tormento interno, bajo esta terrible confusión heredada.

Sé que la compasión es la única energía que puede sacarme de aquí, permitiéndome comprender y aceptar esta situación sin que se intensifiquen mi desesperación, mi resentimiento y mi culpa. Hoy, bajo esta visión tan estrecha y pesimista de mí mismo, no encuentro atisbo de esa compasión, de ese alimento esencial del que se nutre un alma sana.

Pero no he llegado hasta aquí para rendirme ahora, sólo espero que mañana esta despiadada lucha interior me dé un respiro y no someta a mi ser a tanto sufrimiento innecesario. La vida que merezco… me espera.

– Sergio –


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