La atención plena: el poder de gobernar nuestra mente

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La sociedad moderna en la que vivimos nos expone a unas exigencias psicológicas y emocionales tan elevadas que nos hace sentir crónicamente ansiosos o estresados. Esto puede parecer algo ‘normal’ ya que nos hemos acostumbrado a este entorno tan agitado y competitivo, pero lo cierto es que nuestra biología no está diseñada para vivir permanentemente bajo una sensación de inseguridad, como si estuviéramos en lucha o peligro constante. En este escenario, las preocupaciones y las inseguridades, que nos gobiernan desde el subconsciente, ‘secuestran’ la atención de nuestra mente con una fuerza arrolladora ante la que poco podemos hacer. Tanto es así que la mente acaba convirtiéndose en una especie de enemigo que parece ir en contra de nuestra voluntad, una herramienta descalibrada y caótica que pierde su extraordinario poder para guiarnos hacia una vida satisfactoria.

Si permitimos que la mente siga enfocando allí donde apuntan nuestros temores, donde señala nuestro resentimiento o desconfianza, quedaremos atrapados en dinámicas pesimistas, en recurrentes y angustiosos viajes entre los lamentos del pasado y las incertidumbres del futuro, terrenos inhóspitos y yermos donde nuestra vida no puede florecer. Si no recuperamos el control de nuestra atención, nuestra existencia se torna oscura, frustrante y llena de amargura, ya que sólo seremos capaces de vagar por los lugares donde no es posible encontrarse con la felicidad.

Afortunadamente, podemos ejercitar y fortalecer la mente para recuperar el control de nuestra atención y de nuestra vida. El método más efectivo para cultivar esta habilidad es la meditación de la atención plena o mindfulness. Esta práctica suele iniciarse con algo tan simple como permanecer concentrados en la sensación que nos genera la respiración, con la única misión de volver a ella cada vez que nuestra mente se distraiga. Se trata de un ‘tira y afloja’ entre nuestras incesantes preocupaciones y nuestra voluntad: ellas se llevan tu foco de atención, tú lo recuperas, ellas se lo llevan, tú lo recuperas… Lo más valioso de este ejercicio es que, al redirigir una y otra vez nuestra atención, fortalecemos nuestra capacidad de controlarla.

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Comprendiendo que nuestros pensamientos y emociones son sólo realidades subjetivas y pasajeras, en su mayoría construidas con el impulso del miedo, ayudamos a forjar una ‘mirada sabia’ que observa y deja ir, es decir, una mirada que nos permite estar atentos y receptivos a todo lo que nos sucede pero sin ser arrastrados por la agitación mental. De esta forma fortalecemos virtudes esenciales para gozar de una vida plena, como son la paciencia, la comprensión, la resiliencia y el optimismo.  

Este ejercicio de la atención plena puede parecernos una tarea improductiva, como si perdiéramos el tiempo o incluso como si hiciéramos algo ridículo y sin sentido. Pero lo cierto es que nos enseña a recuperar el control de nuestra atención para redirigirla hacia donde nos plazca, a pesar de la insistencia de nuestros miedos y preocupaciones en despojarnos de ese control. Así es como le enseñamos a nuestra mente a obedecer, a supeditarse a nuestra voluntad y a no quedarse atrapada allí donde no queremos: donde nos hace sufrir y donde nos impide disfrutar de nuestros talentos y virtudes.

Todas las personas profundamente felices, ya sea porque lo han cultivado conscientemente o porque lo han adquirido de forma natural, comparten esta poderosa habilidad de dirigir la atención a donde apuntan sus verdaderos deseos. Con una mente que colabora y rema a nuestro favor seremos nosotros, y no nuestros miedos, quienes gobernemos el rumbo de nuestras vidas.

– Sergio M. –


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Lo bueno que hay en ti

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¿Te acuerdas de alguna vez en la que ayudaste a alguien a que se sintiera mejor? ¿de algún momento en que contribuiste a su bienestar?

Quizá puedas recordar esa ocasión en la que un amigo tenía un problema y tú sentiste un fuerte impulso de mitigar su sufrimiento, un deseo profundo de cuidarlo y de protegerlo. O puede que te acuerdes de ese día en que alguien cercano se sentía pesimista o fracasado, y tú te esforzaste para que no se juzgara ni se castigara por ello, tratando de animarlo y de mostrarle todo lo bueno que la vida podía ofrecerle.

A lo mejor has dudado tantas veces de lo bueno que hay en ti, que ahora ya no logras recordar tus acciones y pensamientos bondadosos. Incluso puede que sólo te vengan a la mente recuerdos oscuros y no veas atisbo de luz ni en ti ni en los demás. Si te sientes así, no te preocupes, esta visión no es más que una confusión provocada por la culpa y por el pesimismo. Estos nubarrones que ensombrecen tu mundo no son parte de ti, son transeúntes efímeros que sólo están de paso, y para que prosigan con su marcha y dejen de oscurecer tu cielo debes reavivar el deseo, algo marchito, de recuperar y disfrutar de los días soleados. Este deseo nunca muere, sólo yace dormido bajo el terreno inhóspito que forman el hastío y la desesperanza.

Sigamos buscando un poco más en la memoria…

¿Recuerdas esas ocasiones en que has sonreído o has mostrado tu aceptación sincera a un familiar, a un compañero o incluso a un absoluto desconocido? Quizá te venga a la mente ese momento en que intentaste que otra persona se sintiera cómoda y segura a tu lado. O a lo mejor ese día cuando te cruzaste con un niño y le sonreíste sin conocerlo de nada, con el deseo sincero de que sintiera tu total aprobación, tu reconocimiento de su incuestionable valía.

¿Y qué me dices de las veces en que has dicho “gracias” a pesar de que no tenías un buen día? Piensa en la infinidad de momentos en los que has sentido compasión o has tratado de evitar sufrimiento a los demás, sintiendo su dolor como una intensa punzada en tu propio corazón. Seguro que puedes recordar las innumerables veces en que te has preocupado de mostrar un gesto amable o comprensivo, para que otros no se sintieran mal en tu presencia. Una simple pero auténtica muestra de complicidad que desinteresadamente les regalaste para que supieran que no tenían que sentirse comprometidos ni avergonzados por nada.

A lo mejor, después de tanto tiempo bajo un cielo que se tornó sombrío, de lo único que te habías olvidado era de dirigir tu mirada hacia la luz. Quizá te resultaba difícil porque un día tomaste la decisión de aislarte de tus propios sentimientos, hacerte de piedra para no sufrir más dolor. Tuviste que hacerte insensible a tu propia sensibilidad. Te protegiste para que nada ni nadie te volviera a hacer llorar…

Pero ahora ya puedes redirigir tu mirada, recordar todos estos gestos amables y compasivos que nacen de tu verdadero ser. Ahora sí puedes reconocer todo lo bueno que hay en ti. Reconocer la bondad que TÚ ERES.

 

– Sergio –


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Atrapados en nuestra propia mente

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Resulta curioso y absurdo que hayamos desarrollado una cultura y una sociedad donde hemos acabado perdiendo la libertad, no por la habitual causa histórica de violencia y sometimiento a manos de otros, sino esta vez encarcelados por nuestra propia mente. Sometidos por la ‘herramienta’.

Vivimos en un estado de inconsciencia emocional que nos empuja a una búsqueda compulsiva de lo abstracto, a una obsesión por las ideas y los modelos de pensamiento. Un mundo artificial que construimos en un intento infructuoso de dar coherencia y sentido a toda esa realidad emocional que no logramos aceptar, ya sea porque la rechacemos o porque no la comprendamos.

Nos identificamos con todos esos sistemas de creencias, prejuicios e ideas, y nos apegamos a ellos como si fueran el más preciado de los tesoros. Creemos que ‘eso’ es lo que somos. Reducimos nuestro valor, todo nuestro ser, a unas simples construcciones abstractas generadas por la mente pensante -una mera herramienta que está condicionada por sufrimientos no resueltos del pasado y que mantenemos muy desconectada de nuestra realidad interior.

Esta visión tan confundida y reduccionista de nuestro ‘yo’ nos lleva a una defensa a ultranza de nuestras ideas: las protegemos como si fueran nuestra propia vida. Este es el caldo de cultivo perfecto para que broten las intolerancias, los resentimientos y todas las demás actitudes tóxicas que nos dificultan y amargan la vida.

Bajo esta percepción limitada y condicionada de nuestra realidad no es posible disfrutar de una vida plena, tan distantes de nuestra esencia, de lo que somos. Nos hemos alejado de lo real, de la experiencia. Estamos perdiendo el contacto con la propia vida y con su extraordinaria simplicidad.

Para verdaderamente sentirnos felices y realizados, necesitamos liberarnos…

Liberarnos del secuestro de la herramienta pensante y  de toda la inconsciencia emocional que fortalece e impulsa este encarcelamiento. A la salida de esta absurda prisión nos esperan la alegría, la confianza, y una amable y profunda conexión con los demás. Siendo libres, volveremos a ser SERES HUMANOS.

–  Sergio –


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La desconexión interior

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Es obvio que las personas sufrimos. Lo hacemos más de lo que nos gustaría, y sobre todo, más de lo necesario.

Hemos crecido en la sociedad del ‘abandono emocional’, donde apenas se brindan enseñanzas o herramientas para la autogestión personal. Desde que somos niños nos sentimos perdidos y sin saber cómo afrontar ni dar sentido a muchas de nuestras emociones y experiencias; desgraciadamente, la mayoría acabamos ignorando, rechazando u ocultando lo que nos ocurre. Cortamos toda comunicación con nuestra realidad interior.

Como no percibimos o reconocemos nuestro miedo y sufrimiento individuales, no podemos cuidar de ellos y tampoco somos conscientes de su enorme influencia en nuestras vidas; éstos dirigen muchos de nuestros pensamientos y acciones, y pueden generarnos actitudes nocivas como la crítica, el desprecio, la intolerancia, el odio o incluso la violencia.

Todos sufrimos, en mayor o menor medida, de esta desconexión interior.

Si no recuperamos una fluida y sincera comunicación con nuestro ser emocional, no podremos cuidar de nosotros ni concedernos lo que necesitamos. Navegaremos a la deriva gobernados por caóticas inconsciencias que no controlamos ni deseamos.

Este abandono de nuestra comunicación interna nos lleva a vivir confundidos, limitados y con sensación de profunda soledad; una soledad que disfrazaremos de irritación, hastío, queja, odio, adicción, obsesión o cualquier otra expresión con la que canalicemos esa insoportable energía.

Nuestro verdadero ser está pidiendo a gritos que lo escuchemos y lo aceptemos plenamente; si lo encerramos y oprimimos, caminaremos por la Tierra separados de nuestra fuente genuina de felicidad.

¿No es absurdo seguir ignorando la naturaleza de la mente humana y causarnos sufrimiento innecesario? ¿No es más absurdo aún que, en los hogares y en las escuelas, sigamos enseñando a las futuras generaciones de adultos a desconectarse de su realidad interior y a negar su propio sufrimiento, para acabar rechazándose y escondiéndose de sí mismos?

Este mundo nos está pidiendo una mayor consciencia, y para ello es indispensable reparar la conexión con nuestro yo interior. Es momento de que todos recuperemos el hogar que merecemos. Cuidando mejor de nuestro propio individuo, construiremos un mundo pacífico, sano y feliz.

–  Sergio –


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