Lo bueno que hay en ti

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¿Te acuerdas de alguna vez en la que ayudaste a alguien a que se sintiera mejor? ¿de algún momento en que contribuiste a su bienestar?

Quizá puedas recordar esa ocasión en la que un amigo tenía un problema y tú sentiste un fuerte impulso de mitigar su sufrimiento, un deseo profundo de cuidarlo y de protegerlo. O puede que te acuerdes de ese día en que alguien cercano se sentía pesimista o fracasado, y tú te esforzaste para que no se juzgara ni se castigara por ello, tratando de animarlo y de mostrarle todo lo bueno que la vida podía ofrecerle.

A lo mejor has dudado tantas veces de lo bueno que hay en ti, que ahora ya no logras recordar tus acciones y pensamientos bondadosos. Incluso puede que sólo te vengan a la mente recuerdos oscuros y no veas atisbo de luz ni en ti ni en los demás. Si te sientes así, no te preocupes, esta visión no es más que una confusión provocada por la culpa y por el pesimismo. Estos nubarrones que ensombrecen tu mundo no son parte de ti, son transeúntes efímeros que sólo están de paso, y para que prosigan con su marcha y dejen de oscurecer tu cielo debes reavivar el deseo, algo marchito, de recuperar y disfrutar de los días soleados. Este deseo nunca muere, sólo yace dormido bajo el terreno inhóspito que forman el hastío y la desesperanza.

Sigamos buscando un poco más en la memoria…

¿Recuerdas esas ocasiones en que has sonreído o has mostrado tu aceptación sincera a un familiar, a un compañero o incluso a un absoluto desconocido? Quizá te venga a la mente ese momento en que intentaste que otra persona se sintiera cómoda y segura a tu lado. O a lo mejor ese día cuando te cruzaste con un niño y le sonreíste sin conocerlo de nada, con el deseo sincero de que sintiera tu total aprobación, tu reconocimiento de su incuestionable valía.

¿Y qué me dices de las veces en que has dicho “gracias” a pesar de que no tenías un buen día? Piensa en la infinidad de momentos en los que has sentido compasión o has tratado de evitar sufrimiento a los demás, sintiendo su dolor como una intensa punzada en tu propio corazón. Seguro que puedes recordar las innumerables veces en que te has preocupado de mostrar un gesto amable o comprensivo, para que otros no se sintieran mal en tu presencia. Una simple pero auténtica muestra de complicidad que desinteresadamente les regalaste para que supieran que no tenían que sentirse comprometidos ni avergonzados por nada.

A lo mejor, después de tanto tiempo bajo un cielo que se tornó sombrío, de lo único que te habías olvidado era de dirigir tu mirada hacia la luz. Quizá te resultaba difícil porque un día tomaste la decisión de aislarte de tus propios sentimientos, hacerte de piedra para no sufrir más dolor. Tuviste que hacerte insensible a tu propia sensibilidad. Te protegiste para que nada ni nadie te volviera a hacer llorar…

Pero ahora ya puedes redirigir tu mirada, recordar todos estos gestos amables y compasivos que nacen de tu verdadero ser. Ahora sí puedes reconocer todo lo bueno que hay en ti. Reconocer la bondad que TÚ ERES.

 

– Sergio –


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Atrapados en nuestra propia mente

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Resulta curioso y absurdo que hayamos desarrollado una cultura y una sociedad donde hemos acabado perdiendo la libertad, no por la habitual causa histórica de violencia y sometimiento a manos de otros, sino esta vez encarcelados por nuestra propia mente. Sometidos por la ‘herramienta’.

Vivimos en un estado de inconsciencia emocional que nos empuja a una búsqueda compulsiva de lo abstracto, a una obsesión por las ideas y los modelos de pensamiento. Un mundo artificial que construimos en un intento infructuoso de dar coherencia y sentido a toda esa realidad emocional que no logramos aceptar, ya sea porque la rechacemos o porque no la comprendamos.

Nos identificamos con todos esos sistemas de creencias, prejuicios e ideas, y nos apegamos a ellos como si fueran el más preciado de los tesoros. Creemos que ‘eso’ es lo que somos. Reducimos nuestro valor, todo nuestro ser, a unas simples construcciones abstractas generadas por la mente pensante -una mera herramienta que está condicionada por sufrimientos no resueltos del pasado y que mantenemos muy desconectada de nuestra realidad interior.

Esta visión tan confundida y reduccionista de nuestro ‘yo’ nos lleva a una defensa a ultranza de nuestras ideas: las protegemos como si fueran nuestra propia vida. Este es el caldo de cultivo perfecto para que broten las intolerancias, los resentimientos y todas las demás actitudes tóxicas que nos dificultan y amargan la vida.

Bajo esta percepción limitada y condicionada de nuestra realidad no es posible disfrutar de una vida plena, tan distantes de nuestra esencia, de lo que somos. Nos hemos alejado de lo real, de la experiencia. Estamos perdiendo el contacto con la propia vida y con su extraordinaria simplicidad.

Para verdaderamente sentirnos felices y realizados, necesitamos liberarnos…

Liberarnos del secuestro de la herramienta pensante y  de toda la inconsciencia emocional que fortalece e impulsa este encarcelamiento. A la salida de esta absurda prisión nos esperan la alegría, la confianza, y una amable y profunda conexión con los demás. Siendo libres, volveremos a ser SERES HUMANOS.

–  Sergio –


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La desconexión interior

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Es obvio que las personas sufrimos. Lo hacemos más de lo que nos gustaría, y sobre todo, más de lo necesario.

Hemos crecido en la sociedad del ‘abandono emocional’, donde apenas se brindan enseñanzas o herramientas para la autogestión personal. Desde que somos niños nos sentimos perdidos y sin saber cómo afrontar ni dar sentido a muchas de nuestras emociones y experiencias; desgraciadamente, la mayoría acabamos ignorando, rechazando u ocultando lo que nos ocurre. Cortamos toda comunicación con nuestra realidad interior.

Como no percibimos o reconocemos nuestro miedo y sufrimiento individuales, no podemos cuidar de ellos y tampoco somos conscientes de su enorme influencia en nuestras vidas; éstos dirigen muchos de nuestros pensamientos y acciones, y pueden generarnos actitudes nocivas como la crítica, el desprecio, la intolerancia, el odio o incluso la violencia.

Todos sufrimos, en mayor o menor medida, de esta desconexión interior.

Si no recuperamos una fluida y sincera comunicación con nuestro ser emocional, no podremos cuidar de nosotros ni concedernos lo que necesitamos. Navegaremos a la deriva gobernados por caóticas inconsciencias que no controlamos ni deseamos.

Este abandono de nuestra comunicación interna nos lleva a vivir confundidos, limitados y con sensación de profunda soledad; una soledad que disfrazaremos de irritación, hastío, queja, odio, adicción, obsesión o cualquier otra expresión con la que canalicemos esa insoportable energía.

Nuestro verdadero ser está pidiendo a gritos que lo escuchemos y lo aceptemos plenamente; si lo encerramos y oprimimos, caminaremos por la Tierra separados de nuestra fuente genuina de felicidad.

¿No es absurdo seguir ignorando la naturaleza de la mente humana y causarnos sufrimiento innecesario? ¿No es más absurdo aún que, en los hogares y en las escuelas, sigamos enseñando a las futuras generaciones de adultos a desconectarse de su realidad interior y a negar su propio sufrimiento, para acabar rechazándose y escondiéndose de sí mismos?

Este mundo nos está pidiendo una mayor consciencia, y para ello es indispensable reparar la conexión con nuestro yo interior. Es momento de que todos recuperemos el hogar que merecemos. Cuidando mejor de nuestro propio individuo, construiremos un mundo pacífico, sano y feliz.

–  Sergio –


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Vivir huyendo del miedo dura eternamente. Enfrentarse a él, dura sólo un segundo

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La sensación de miedo es un recurso biológico cuya función es garantizar nuestra supervivencia. Este miedo natural actúa de forma breve y concisa. Sin embargo, en nuestra cultura hemos desarrollado entornos complejos y artificiales que nos pueden hacer sentir amenazados por ‘cosas’ que no son reales; nos protegemos de meros ‘fantasmas’ que son generados, en su mayoría, por prejuicios, ideas y actitudes emocionales transmitidas socialmente (sobre todo por familiares y cuidadores).

El miedo es la base de todas las emociones negativas, ya sea angustia, ansiedad, estrés, enfado, ira u odio. Estas emociones son simples reacciones diferentes ante el miedo, que casi siempre está enterrado y camuflado en el sustrato de nuestra mente. Por eso, el problema real de cualquier persona que sufra o se lamente por algo de forma crónica es un miedo subyacente, aunque nuestra mente nos diga que el problema es la pareja, el vecino, la injusticia en el mundo, nuestra falta de talento o nuestra falta de autoestima.

Sufrimos por un miedo del pasado que es reactivado cuando interaccionamos con los demás y con nosotros mismos; este miedo desencadena emociones y pensamientos negativos, que crecen exageradamente debido a nuestra incapacidad de reconocer y cuidar de él adecuadamente. Los argumentos esgrimidos por nuestro pensamiento no son las razones auténticas de nuestro sufrimiento sino simples intentos de justificar, racionalmente, la desagradable emoción de la que no conseguimos librarnos. Y no nos libramos porque huimos de ella, en vez de mirarla a los ojos…

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¿Qué ocurre cuando ignoramos estos miedos, cuando escapamos de ellos y no los miramos de frente?  Si reaccionamos queriendo huir de una sensación de inseguridad, desagradable o incómoda, lo que provocamos es miedo exagerado, angustia o ansiedad crónica. Esto es así porque al rechazarlo, al huir del miedo, no hacemos otra cosa que validar su presencia, reactivar y fortalecer la pauta neuronal que lo desencadena. Volverá… una vez y otra. Vivir toda la vida bajo una sensación continua de estrés o ansiedad es muy destructivo y te separa irremediablemente de la salud y de encontrar tu verdadero camino en la vida.

El pinchazo de enfrentarse al miedo dura sólo unos segundos, sin embargo, solemos tomar el camino de perpetuar la angustia indefinidamente (casi siempre para el resto de nuestra vida…). Preferimos posponer un problema aunque luego nos atormente, ya que enfrentarse a él supone un mayor dolor momentáneo, en el corto plazo. Nuestro instinto nos lleva a esa decisión absurda porque, en ese instante, es más ‘fácil’ evitar el pinchazo de  enfrentarse al miedo o al dolor.

El instinto de supervivencia no sabe de largo plazo, siempre elige lo ‘mejor’ para este preciso instante, aunque eso te condene a la infelicidad eterna…

¿Cómo es posible que nuestro instinto nos perjudique tanto? Sencillamente, nuestro instinto sería eficiente en la naturaleza primitiva donde hemos evolucionado, pero no en nuestra cultura “moderna” donde las amenazas ya no son leones ni eventos puntuales sino situaciones psicológicas que pueden perdurar en el tiempo. Un ejemplo de esto son los prejuicios sociales acerca de lo que debemos hacer con nuestra vida, lo que está bien visto y mal visto en nuestra sociedad, etcétera. En este escenario, nuestro instinto de protección puede arruinarnos la vida porque para evitar el dolor de un miedo que no reconocemos (miedo a no sentirnos aceptados), acabamos por adaptarnos a lo que los demás esperan de nosotros y renunciamos, inconscientemente, a vivir la vida que realmente deseamos.

 

“La valentía no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él” (Nelson Mandela)

 

La sociedad actual nos transmite la falsa imagen de que los ‘triunfadores’, ya sean deportistas de élite o cualquier otra persona con éxito social, no sufren ni tienen miedos en sus vidas; este mito no ayuda al resto de la población a gestionar sus dificultades. El miedo se ha convertido en un tabú y eso provoca la tendencia a huir de él. El triunfador, el que consigue la mayoría de los retos que emprende, es el que observa sus miedos con total normalidad y no se bloquea por ellos, consciente de que en realidad no son nada, son sólo sensaciones. De hecho, algunos aprovechan su presencia como desafíos para dar pasos hacia adelante, disfrutando incluso de esas sensaciones de miedo que generan adrenalina. Eso sí, no les gusta llamarlo miedo en público porque les hace parecer débiles… pero ¡naturalmente que es miedo!.

 Una sociedad que transmita el falso credo de que sentir miedo es una debilidad y que has de hacer todo lo posible por ocultarlo, será una sociedad profundamente infeliz. 

Hay que elegir siempre la opción que más libres nos haga, y ésta suele ser enfrentarse a la sensación negativa más intensa, es decir, enfrentarse al miedo, reconociendo y aceptando su existencia y dando un paso hacia adelante a pesar de su presencia. Con el tiempo, este miedo se hace cada vez menos limitante porque en realidad era nuestra reacción a él lo que nos paralizaba. Cuanto más normal lo sintamos, mas inofensivo se vuelve. Enfrentemos y cuidemos de nuestros miedos para ser personas libres y felices.

–  Sergio –

 


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