Esas voces que me atormentan

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— Fragmento de mi diario personal, año 2014 —

Hoy siento que no lo puedo soportar más. Esta lucha me está consumiendo y desgastando, física y emocionalmente.

Siempre es lo mismo. Es esta maldita sensación, esta ansiedad permanente en todo lo que hago. Cualquier situación la vivo con urgencia o desesperación, obsesionado por resolver todo cuanto antes y a la perfección. Allá donde miro sólo encuentro problemas… y siento que debo afrontarlos como si mi vida estuviera en juego, sin poder cometer el más mínimo error.

Así no puedo disfrutar ni por un momento, no puedo sentir paz ni auténtica alegría; siento que no me lo puedo permitir, es como si no tuviera derecho a ello.

“¡Esfuérzate más!, ¡soluciónalo!, ¡es tu responsabilidad!, ¡es tu deber!. ¡No te equivoques!”.    

Reconozco perfectamente estas voces tiranas que me atormentan desde la profundidad propia de un viejo dolor sin curar. Sé que no son voces legítimas, que sólo son ecos fantasmales del pasado que ni siquiera me pertenecen; pero aún así me acaban convenciendo, obligándome a escuchar y a obedecer sus despiadadas exigencias: que luche desesperadamente para ser mejor, que me responsabilice de todo, que me preocupe y me exija hasta el extremo sin la más mínima compasión por mí mismo.

Estas voces me arrastran una y otra vez, y me siento miserable al ver que soy incapaz de evitarlo, que lo máximo que alcanzo es a ser testigo privilegiado de mi autosabotaje; esta situación es tan absurda que al contemplarla sólo consigo generarme una mayor sensación de rechazo y desprecio por mí mismo, añadiendo así más leña al fuego de la desesperación.

“¿Cómo puedes hacerlo tan mal?, ¿cómo puedes caer una y otra vez en lo mismo?… ¡Eres un inútil! ¡Tienes que hacerlo mejor!”.

Esta triste y lamentable dinámica en la que me siento atrapado se produce porque el niño en el que se instalaron estas voces, el que permanece escondido y arrinconado bajo este cuerpo y estos pensamientos de adulto, sigue convencido de que AÚN no es merecedor de aprobación ni de respeto, que no es digno de amor alguno… “¡NO ERES SUFICIENTEMENTE BUENO!”.

Es evidente que mi mente no está dispuesta a interrumpir la espiral de pensamientos ansiosos y desesperados mientras sienta que no soy suficientemente bueno ni merezco el amor de los demás. No es posible sentir paz ni seguridad bajo este tormento interno, bajo esta terrible confusión heredada.

Sé que la compasión es la única energía que puede sacarme de aquí, permitiéndome comprender y aceptar esta situación sin que se intensifiquen mi desesperación, mi resentimiento y mi culpa. Hoy, bajo esta visión tan estrecha y pesimista de mí mismo, no encuentro atisbo de esa compasión, de ese alimento esencial del que se nutre un alma sana.

Pero no he llegado hasta aquí para rendirme ahora, sólo espero que mañana esta despiadada lucha interior me dé un respiro y no someta a mi ser a tanto sufrimiento innecesario. La vida que merezco… me espera.

– Sergio –


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Lo bueno que hay en ti

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¿Te acuerdas de alguna vez en la que ayudaste a alguien a que se sintiera mejor? ¿de algún momento en que contribuiste a su bienestar?

Quizá puedas recordar esa ocasión en la que un amigo tenía un problema y tú sentiste un fuerte impulso de mitigar su sufrimiento, un deseo profundo de cuidarlo y de protegerlo. O puede que te acuerdes de ese día en que alguien cercano se sentía pesimista o fracasado, y tú te esforzaste para que no se juzgara ni se castigara por ello, tratando de animarlo y de mostrarle todo lo bueno que la vida podía ofrecerle.

A lo mejor has dudado tantas veces de lo bueno que hay en ti, que ahora ya no logras recordar tus acciones y pensamientos bondadosos. Incluso puede que sólo te vengan a la mente recuerdos oscuros y no veas atisbo de luz ni en ti ni en los demás. Si te sientes así, no te preocupes, esta visión no es más que una confusión provocada por la culpa y por el pesimismo. Estos nubarrones que ensombrecen tu mundo no son parte de ti, son transeúntes efímeros que sólo están de paso, y para que prosigan con su marcha y dejen de oscurecer tu cielo debes reavivar el deseo, algo marchito, de recuperar y disfrutar de los días soleados. Este deseo nunca muere, sólo yace dormido bajo el terreno inhóspito que forman el hastío y la desesperanza.

Sigamos buscando un poco más en la memoria…

¿Recuerdas esas ocasiones en que has sonreído o has mostrado tu aceptación sincera a un familiar, a un compañero o incluso a un absoluto desconocido? Quizá te venga a la mente ese momento en que intentaste que otra persona se sintiera cómoda y segura a tu lado. O a lo mejor ese día cuando te cruzaste con un niño y le sonreíste sin conocerlo de nada, con el deseo sincero de que sintiera tu total aprobación, tu reconocimiento de su incuestionable valía.

¿Y qué me dices de las veces en que has dicho “gracias” a pesar de que no tenías un buen día? Piensa en la infinidad de momentos en los que has sentido compasión o has tratado de evitar sufrimiento a los demás, sintiendo su dolor como una intensa punzada en tu propio corazón. Seguro que puedes recordar las innumerables veces en que te has preocupado de mostrar un gesto amable o comprensivo, para que otros no se sintieran mal en tu presencia. Una simple pero auténtica muestra de complicidad que desinteresadamente les regalaste para que supieran que no tenían que sentirse comprometidos ni avergonzados por nada.

A lo mejor, después de tanto tiempo bajo un cielo que se tornó sombrío, de lo único que te habías olvidado era de dirigir tu mirada hacia la luz. Quizá te resultaba difícil porque un día tomaste la decisión de aislarte de tus propios sentimientos, hacerte de piedra para no sufrir más dolor. Tuviste que hacerte insensible a tu propia sensibilidad. Te protegiste para que nada ni nadie te volviera a hacer llorar…

Pero ahora ya puedes redirigir tu mirada, recordar todos estos gestos amables y compasivos que nacen de tu verdadero ser. Ahora sí puedes reconocer todo lo bueno que hay en ti. Reconocer la bondad que TÚ ERES.

 

– Sergio –


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