Tiempo perdido

Nota: si quieres acompañar la lectura del texto con música, aquí puedes escuchar la canción que me ayudó a escribirlo.


 

Cada instante que paso lamentando el pasado,  

es tiempo que no vivo.

Cada instante que paso angustiado por el futuro,   

es tiempo que no vivo.

 

Tiempo al servicio del sufrir,

tiempo consumido entre sombras,

caminando tembloroso de la mano del miedo,

respirando pesado por las culpas y el reproche.  

 

Tiempo de espinas y rudezas,  

atrapado en luchas que detesto,

es esfuerzo infinito a cambio de nada,  

es desgaste y castigo a mi esperanza.

 

Tiempo donde no me dejo abrazar por tu bondad,

donde no agradezco tu presencia ni tus gestos,  

donde soy insensible a tu rostro y a tu alma,

donde no sonrío ni hacia fuera ni hacia dentro.

 

Tiempo anclado en un ayer que ya no existe,   

persiguiendo un mañana por naturaleza incierto,

es tiempo precioso gastado en vano,    

oro cósmico para siempre perdido.

 

Sólo en la fugacidad de Este momento,      

en este pulso continuo que ante nada se detiene,       

es donde la inspiración alumbra generosa mi camino,   

y mis problemas encuentran sus ansiadas soluciones.   

 

Cada instante que navego por el eterno presente,       

abriéndole mis brazos como velas al viento,      

es tiempo donde sólo el amor es quien me impulsa,

tiempo donde soy libre para gobernar mi rumbo.          

 

Cada instante que confío en la riqueza de la vida,        

que me rindo a sus maravillas y misterios,              

es tiempo que no sufro,

es tiempo que SÍ vivo.    

 

– Sergio M.


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El refugio de la escritura

niño cuaderno

Ilustración de Chris Sheban

Octubre de 2014. Recuerdo esta fecha por ser un mes especialmente lluvioso en el norte de España. Pero sobre todo la recuerdo por ser la fecha en la que mi vida y la escritura quedaron unidas para siempre.

En aquella época me perseguía la idea de que necesitaba embarcarme en un viaje más profundo hacia mí mismo, de que debía ser más valiente y enfrentarme cara a cara, y de una vez por todas, a los miedos y al sufrimiento que tanto me limitaban. Hasta entonces, el temor a lo desconocido y a mis propios fantasmas me había frenado e impedido ese paso tan necesario. Pero llegó el día en que por fin fui capaz de vencer todas esas resistencias e inseguridades y lanzarme al vacío. Ocurrió cuando caminaba embelesado bajo una lluvia que parecía infinita: mi deseo persistente de disfrutar de una vida plena se transformó en una sensación tan intensa que resultó incuestionable. Sentí cómo aquel deseo se convirtíó en la más férrea determinación y lo sentí con la seguridad con la que se sienten las certezas absolutas.

La decisión estaba tomada: al día siguiente pondría rumbo a la montaña granadina de Sierra Nevada camino de un desafiante y solitario retiro espiritual, en el centro budista Oseling. Una vez allí, en total aislamiento, viviendo de forma simple y rudimentaria, y sin nada superfluo en lo que enfocar mi mente, no me quedó más remedio que hacer frente a todo mi sufrimiento acumulado y a una desastrosa relación conmigo mismo. Y lo hice con la única compañía de que disponía: mi cuaderno y mi pluma. Para mi fortuna, enseguida se hizo evidente que ésta era la mejor compañía posible…

Lo que allí descubrí fue una escritura sorprendentemente íntima y acogedora. Tanto fue así que se convirtió en un inesperado refugio, animándome a ser valiente y honesto como nunca antes. Bajo su protección pude dar libre voz a mi ‘yo’ interior, entregándome sin reservas a un cuaderno que parecía comprenderme. Cualquier sentimiento doloroso era absorbido y abrazado por ese cuaderno que se escribía ‘solo’, sin esfuerzo. Las palabras brotaban directamente desde el corazón, sin ser juzgadas ni reprendidas. Palabras que curaban por el simple hecho de ser escritas sin importar el contenido de las mismas y que, en su trazo despreocupado sobre el papel, se mezclaban con las lágrimas que en su inevitable caída me iban liberando de un peso mucho mayor que el de su contenido en agua. Lágrimas indescriptiblemente hermosas y necesarias que inundaron mi ser de esperanza, haciéndome sentir confiado y seguro en su presencia, por fin acogido en un verdadero y cálido hogar.

Esta experiencia resultó tan auténtica y liberadora que, pese a estar aislado en la montaña a más de dos mil metros de altitud, la sensación de soledad y de vacío interior se esfumó por completo. El mundo y todas sus hermosas manifestaciones ahora se me mostraban increíblemente cercanas y amables. Dejé de rechazarme y exigirme, y comencé a aceptar sin condiciones mi situación y mi dolor. Ahora sabía, con la misma certeza con la que sentí que debía emprender este viaje, que lo único que me llevaría a la felicidad era mi bondad y mi compasión.

Gracias al refugio que me brindó la escritura logré reencontrarme y reconciliarme conmigo mismo. Pude ofrecerme, por fin, la bienvenida y el abrazo incondicional que tanto había necesitado.  

 

– Sergio –


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Vivir huyendo del miedo dura eternamente. Enfrentarse a él, dura sólo un segundo

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La sensación de miedo es un recurso biológico cuya función es garantizar nuestra supervivencia. Este miedo natural actúa de forma breve y concisa. Sin embargo, en nuestra cultura hemos desarrollado entornos complejos y artificiales que nos pueden hacer sentir amenazados por ‘cosas’ que no son reales; nos protegemos de meros ‘fantasmas’ que son generados, en su mayoría, por prejuicios, ideas y actitudes emocionales transmitidas socialmente (sobre todo por familiares y cuidadores).

El miedo es la base de todas las emociones negativas, ya sea angustia, ansiedad, estrés, enfado, ira u odio. Estas emociones son simples reacciones diferentes ante el miedo, que casi siempre está enterrado y camuflado en el sustrato de nuestra mente. Por eso, el problema real de cualquier persona que sufra o se lamente por algo de forma crónica es un miedo subyacente, aunque nuestra mente nos diga que el problema es la pareja, el vecino, la injusticia en el mundo, nuestra falta de talento o nuestra falta de autoestima.

Sufrimos por un miedo del pasado que es reactivado cuando interaccionamos con los demás y con nosotros mismos; este miedo desencadena emociones y pensamientos negativos, que crecen exageradamente debido a nuestra incapacidad de reconocer y cuidar de él adecuadamente. Los argumentos esgrimidos por nuestro pensamiento no son las razones auténticas de nuestro sufrimiento sino simples intentos de justificar, racionalmente, la desagradable emoción de la que no conseguimos librarnos. Y no nos libramos porque huimos de ella, en vez de mirarla a los ojos…

el miedo nos encierra

 

¿Qué ocurre cuando ignoramos estos miedos, cuando escapamos de ellos y no los miramos de frente?  Si reaccionamos queriendo huir de una sensación de inseguridad, desagradable o incómoda, lo que provocamos es miedo exagerado, angustia o ansiedad crónica. Esto es así porque al rechazarlo, al huir del miedo, no hacemos otra cosa que validar su presencia, reactivar y fortalecer la pauta neuronal que lo desencadena. Volverá… una vez y otra. Vivir toda la vida bajo una sensación continua de estrés o ansiedad es muy destructivo y te separa irremediablemente de la salud y de encontrar tu verdadero camino en la vida.

El pinchazo de enfrentarse al miedo dura sólo unos segundos, sin embargo, solemos tomar el camino de perpetuar la angustia indefinidamente (casi siempre para el resto de nuestra vida…). Preferimos posponer un problema aunque luego nos atormente, ya que enfrentarse a él supone un mayor dolor momentáneo, en el corto plazo. Nuestro instinto nos lleva a esa decisión absurda porque, en ese instante, es más ‘fácil’ evitar el pinchazo de  enfrentarse al miedo o al dolor.

El instinto de supervivencia no sabe de largo plazo, siempre elige lo ‘mejor’ para este preciso instante, aunque eso te condene a la infelicidad eterna…

¿Cómo es posible que nuestro instinto nos perjudique tanto? Sencillamente, nuestro instinto sería eficiente en la naturaleza primitiva donde hemos evolucionado, pero no en nuestra cultura “moderna” donde las amenazas ya no son leones ni eventos puntuales sino situaciones psicológicas que pueden perdurar en el tiempo. Un ejemplo de esto son los prejuicios sociales acerca de lo que debemos hacer con nuestra vida, lo que está bien visto y mal visto en nuestra sociedad, etcétera. En este escenario, nuestro instinto de protección puede arruinarnos la vida porque para evitar el dolor de un miedo que no reconocemos (miedo a no sentirnos aceptados), acabamos por adaptarnos a lo que los demás esperan de nosotros y renunciamos, inconscientemente, a vivir la vida que realmente deseamos.

 

“La valentía no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él” (Nelson Mandela)

 

La sociedad actual nos transmite la falsa imagen de que los ‘triunfadores’, ya sean deportistas de élite o cualquier otra persona con éxito social, no sufren ni tienen miedos en sus vidas; este mito no ayuda al resto de la población a gestionar sus dificultades. El miedo se ha convertido en un tabú y eso provoca la tendencia a huir de él. El triunfador, el que consigue la mayoría de los retos que emprende, es el que observa sus miedos con total normalidad y no se bloquea por ellos, consciente de que en realidad no son nada, son sólo sensaciones. De hecho, algunos aprovechan su presencia como desafíos para dar pasos hacia adelante, disfrutando incluso de esas sensaciones de miedo que generan adrenalina. Eso sí, no les gusta llamarlo miedo en público porque les hace parecer débiles… pero ¡naturalmente que es miedo!.

 Una sociedad que transmita el falso credo de que sentir miedo es una debilidad y que has de hacer todo lo posible por ocultarlo, será una sociedad profundamente infeliz. 

Hay que elegir siempre la opción que más libres nos haga, y ésta suele ser enfrentarse a la sensación negativa más intensa, es decir, enfrentarse al miedo, reconociendo y aceptando su existencia y dando un paso hacia adelante a pesar de su presencia. Con el tiempo, este miedo se hace cada vez menos limitante porque en realidad era nuestra reacción a él lo que nos paralizaba. Cuanto más normal lo sintamos, mas inofensivo se vuelve. Enfrentemos y cuidemos de nuestros miedos para ser personas libres y felices.

–  Sergio –

 


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Abriendo puertas

Todos los días se nos presentan ocasiones que nos retan a explorar territorios desconocidos. Muchas veces son situaciones que nos exponen a ‘algo’ que normalmente tratamos de evitar porque nos hace sentir inseguros. Preferimos huir de esa sensación. Esta búsqueda de ‘comodidad’ nos impide abrir muchas puertas en nuestra vida; puertas que dan a espacios desconocidos cuya exploración resulta imprescindible para que desarrollemos una vida plena y nos sintamos verdaderamente felices.

No se trata de probarlo todo sin miramiento, sino más bien de tener una disposición receptiva a todo lo que pueda acontecer. El miedo a la incertidumbre o a lo desconocido es el que nos impide concedernos el hermoso regalo de explorar nuevos caminos en la vida. También nos frena el miedo a hacer el ridículo, a ser juzgado, a fracasar, etcétera. Es increíble como autolimitamos nuestra vida para evitar esas sensaciones de inseguridad, cuando en realidad no hay nada peor que no intentarlo. Ese es el mayor de los ‘fracasos’ lo miremos como lo miremos, ya que el resultado siempre es el más negativo (no vamos a conseguir nada que no intentemos). Además, al no intentarlo reforzamos la pauta destructiva de autolimitarnos las experiencias ya que obtenemos una cierta sensación de seguridad en la evitación, a pesar de sentirnos claramente insatisfechos dentro de esas cuatro paredes donde tratamos de refugiarnos. Refugiarnos de fantasmas….

Muchas veces los perfeccionistas obsesivos no intentamos multitud de tareas o proyectos por diversos motivos. Por ejemplo, porque la necesidad de excelencia en todo lo que se emprende es demasiada presión como para soportarla a cada instante. A veces los perfeccionistas nos mostramos con actitudes de vagancia o apatía porque tememos que el resultado no sea perfecto. Si lo hacemos, hay que hacerlo con extremada conciencia y pulcritud, así que nos vemos ‘obligados’ a pasar de muchas cosas. La inseguridad es otro aspecto que puede ser enfermizo, de forma que hasta la más absurda de las situaciones te genera inseguridad. Evitar relaciones es otro ejemplo. Siempre encontraremos argumentos racionales para justificar la ‘no-acción’ (por ejemplo, que “esa gente no tiene nada que aportarme”), pero la realidad es que evitamos esas interacciones porque nos sentimos inseguros, expuestos o juzgados. Y así con muchas situaciones que se nos plantean en nuestro discurrir por la vida.

Estadísticamente, es muy improbable que podamos sentirnos realizados sin experimentar y aprender lo suficiente.Cuantas más ‘puertas’ te permites abrir, más probable es que tu verdaderos deseos (aquellos que nacen de la pasión libre de miedo) se vean correspondidos por la realidad. Se trata de aprender, rectificar, ajustar, avanzar, retroceder, para que nuestra vida y nuestra pasión se alineen entre sí cada vez más.

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Sé que todo esto es muy fácil de decir pero difícil de poner en práctica. Yo podría definirme como alguien que para poder abrir una ‘puerta’, primero tengo que medirla, analizarla, tocar, preguntar, abrir una rendija y cerrarla, intentarlo otra vez… y que finalmente lo que he observado convenza a mi mente sobreprotectora de que no hay peligro alguno y de que no voy a equivocarme.

Así que mi propósito es intentar abrir un par de estas ‘puertas’ a lo desconocido cada día, ya sean cuestiones triviales o importantes, aunque la razón diga que eso no sirve para nada. Lo relevante es adquirir el hábito de asomarte a lo desconocido, de provocar un reaprendizaje ante estas situaciones novedosas que se presentan constantemente en nuestras vidas. Puede ser, simplemente, decir que sí a una llamada para tomar un café, a leer ese libro que no te acabas de animar, a preparar una comida para la que nunca encuentras el momento o hacer una llamada que te incomoda. Quizá tomar unas clases de yoga o baile, probar la meditación, o cualquier otra cosa que tu mente trata de hacerte ver como innecesario. La realidad es que huimos de las situaciones novedosas por el miedo a lo desconocido, a no tener todo bajo control o a perder ese espacio personal estrecho y sin ventilación en el que nos protegemos. Me viene a la mente el horrible refrán que dice: “más vale malo conocido que bueno por conocer”.  ¡Cuánto daño hace esta frase!.

Claro que lo relevante aquí no son las puertas ‘superficiales’, que te llevan a experiencias externas que nada te exigen a nivel emocional. Yo he practicado infinidad de deportes y muchas otras cosas que vistas desde fuera pueden parecer que son fruto de una persona abierta a todo, pero eso es absolutamente falso. Emocionalmente no me exigían nada, me movía en terreno cómodo para mi. Las puertas que hay que abrir son aquellas que te hacen sentir un pinchazo de inseguridad y vulnerabilidad irracional. Es ahí donde hay ganancia, aprendizaje y el surgir de tu verdadero camino, ya que sólo en un estado liberado y receptivo es donde puedes encontrarlo.

–  Sergio –