Atrapados en nuestra propia mente

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Resulta curioso y absurdo que hayamos desarrollado una cultura y una sociedad donde hemos acabado perdiendo la libertad, no por la habitual causa histórica de violencia y sometimiento a manos de otros, sino esta vez encarcelados por nuestra propia mente. Sometidos por la ‘herramienta’.

Vivimos en un estado de inconsciencia emocional que nos empuja a una búsqueda compulsiva de lo abstracto, a una obsesión por las ideas y los modelos de pensamiento. Un mundo artificial que construimos en un intento infructuoso de dar coherencia y sentido a toda esa realidad emocional que no logramos aceptar, ya sea porque la rechacemos o porque no la comprendamos.

Nos identificamos con todos esos sistemas de creencias, prejuicios e ideas, y nos apegamos a ellos como si fueran el más preciado de los tesoros. Creemos que ‘eso’ es lo que somos. Reducimos nuestro valor, todo nuestro ser, a unas simples construcciones abstractas generadas por la mente pensante -una mera herramienta que está condicionada por sufrimientos no resueltos del pasado y que mantenemos muy desconectada de nuestra realidad interior.

Esta visión tan confundida y reduccionista de nuestro ‘yo’ nos lleva a una defensa a ultranza de nuestras ideas: las protegemos como si fueran nuestra propia vida. Este es el caldo de cultivo perfecto para que broten las intolerancias, los resentimientos y todas las demás actitudes tóxicas que nos dificultan y amargan la vida.

Bajo esta percepción limitada y condicionada de nuestra realidad no es posible disfrutar de una vida plena, tan distantes de nuestra esencia, de lo que somos. Nos hemos alejado de lo real, de la experiencia. Estamos perdiendo el contacto con la propia vida y con su extraordinaria simplicidad.

Para verdaderamente sentirnos felices y realizados, necesitamos liberarnos…

Liberarnos del secuestro de la herramienta pensante y  de toda la inconsciencia emocional que fortalece e impulsa este encarcelamiento. A la salida de esta absurda prisión nos esperan la alegría, la confianza, y una amable y profunda conexión con los demás. Siendo libres, volveremos a ser SERES HUMANOS.

–  Sergio –


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La desconexión interior

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Es obvio que las personas sufrimos. Lo hacemos más de lo que nos gustaría, y sobre todo, más de lo necesario.

Hemos crecido en la sociedad del ‘abandono emocional’, donde apenas se brindan enseñanzas o herramientas para la autogestión personal. Desde que somos niños nos sentimos perdidos y sin saber cómo afrontar ni dar sentido a muchas de nuestras emociones y experiencias; desgraciadamente, la mayoría acabamos ignorando, rechazando u ocultando lo que nos ocurre. Cortamos toda comunicación con nuestra realidad interior.

Como no percibimos o reconocemos nuestro miedo y sufrimiento individuales, no podemos cuidar de ellos y tampoco somos conscientes de su enorme influencia en nuestras vidas; éstos dirigen muchos de nuestros pensamientos y acciones, y pueden generarnos actitudes nocivas como la crítica, el desprecio, la intolerancia, el odio o incluso la violencia.

Todos sufrimos, en mayor o menor medida, de esta desconexión interior.

Si no recuperamos una fluida y sincera comunicación con nuestro ser emocional, no podremos cuidar de nosotros ni concedernos lo que necesitamos. Navegaremos a la deriva gobernados por caóticas inconsciencias que no controlamos ni deseamos.

Este abandono de nuestra comunicación interna nos lleva a vivir confundidos, limitados y con sensación de profunda soledad; una soledad que disfrazaremos de irritación, hastío, queja, odio, adicción, obsesión o cualquier otra expresión con la que canalicemos esa insoportable energía.

Nuestro verdadero ser está pidiendo a gritos que lo escuchemos y lo aceptemos plenamente; si lo encerramos y oprimimos, caminaremos por la Tierra separados de nuestra fuente genuina de felicidad.

¿No es absurdo seguir ignorando la naturaleza de la mente humana y causarnos sufrimiento innecesario? ¿No es más absurdo aún que, en los hogares y en las escuelas, sigamos enseñando a las futuras generaciones de adultos a desconectarse de su realidad interior y a negar su propio sufrimiento, para acabar rechazándose y escondiéndose de sí mismos?

Este mundo nos está pidiendo una mayor consciencia, y para ello es indispensable reparar la conexión con nuestro yo interior. Es momento de que todos recuperemos el hogar que merecemos. Cuidando mejor de nuestro propio individuo, construiremos un mundo pacífico, sano y feliz.

–  Sergio –


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Miedo al propio miedo: nuestro mayor enemigo

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Todo ser humano sabe, por experiencia propia, que el miedo es un instinto muy poderoso. Una sensación visceral de la que tratamos de alejarnos en todo momento, y que es capaz de afectarnos y debilitarnos hasta límites insospechados. Sin embargo, si observáramos con detalle todos nuestros miedos, encontraríamos que los más intensos y debilitantes los creamos nosotros mismos. Es más, veríamos que nuestro propio rechazo a sentirlos es lo que los vuelve tan poderosos; es nuestro miedo al miedo quien crea esos monstruos…

No hay nada que haga más fuerte al miedo que intentar rechazarlo y evitarlo. Sólo cuando lo aceptamos como algo normal y natural, como uno de los instintos más importantes del reino animal y gracias al cual seguimos vivos, es cuando su efecto puede diluirse y sobrellevarse con normalidad.

La ansiedad o la angustia extrema no son temores primarios, sino síntomas de reaccionar con miedo al propio miedo.  Querer huir de esa situación y sentir que no puedes es lo que te paraliza y te inunda de esa sensación tan destructiva. Por ejemplo, no es el miedo a volar en avión lo que nos genera un ataque de pánico cuando estamos a punto de despegar; es nuestra reacción a ese miedo el que nos conduce al pánico, el no querer sentirlo, el creer que no podremos soportarlo ni escapar de él.

Todo esto se agiganta porque el miedo es un tabú en nuestra sociedad moderna: no lo aceptamos como algo natural y que tenemos derecho a sentir. Éste prejuicio social condiciona a nuestra mente hasta convencerla de que “¡sentir miedo es una terrible debilidad!”. Con semejante creencia a nuestra espalda, resulta muy difícil afrontar la aceptación y la normalización de nuestro miedos.

Es totalmente lógico y natural tener miedo a algo que no controlamos y que nos genera incertidumbre, pero lo cierto es que esa sensación original es perfectamente llevadera si no se reacciona exageradamente ante ella. Observándola y aceptándola, no hay resistencia que le confiera poder, y por tanto se diluirá rápidamente de forma natural. No es de extrañar que las personas propensas al pánico, enfados o ataques de ira, sean personas con muy poca tolerancia a que las cosas no salgan como ellos desean. Se resisten con extrema intensidad a esa sensación de frustración o de insatisfacción, no aceptan lo más mínimo sentirse inseguros, y al tratar de eliminar esa sensación desesperadamente, acaban provocando que ésta crezca hasta dimensiones desproporcionadas. Tienen terror a su propio miedo… 

Esta pauta emocional es verdaderamente destructiva cuando se hace crónica y generalizada, afectando a todas las facetas de nuestra vida. En este caso, por querer evitar algo tan natural como el miedo, acabamos encerrados en una vida que no deseamos.

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La vida que queremos implica exponerse a miedos que son incómodos de afrontar, así que cuando huimos de cualquier sensación de miedo estamos negando la propia vida. Configuramos nuestro entorno para tratar de controlarlo todo y acabamos encerrados en un pequeñísimo espacio de confort donde minimizamos las sensaciones incómodas. Somos prisioneros de esa zona de ‘seguridad’. Lo justificamos racionalmente, pero acabamos sintiendo soledad porque no hay espacio suficiente para el amor y la confianza en ese mundo ficticio donde no estamos dispuestos a sentir el miedo natural que genera la vida y la incertidumbre que la acompaña.

El miedo no es nuestro enemigo, las sensaciones primarias no dañan, sólo nuestras reacciones son peligrosas y potencialmente destructivas. Y, por supuesto, la peor reacción posible es desarrollar miedo al propio miedo.

–  Sergio –


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¿Escribir un diario? ¿en serio?

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No es la primera vez que escribo en un papel sobre mi mundo interior, pero es la primera vez que lo hago de forma metódica. En el último año me he limitado a escribir cuando me surgía, que podían ser dos días seguidos o cuarenta sin escribir. Y la verdad es que poner en papel lo que nos ocurre a diario, sobre todo lo que sentimos y nuestras reacciones, es una tarea muy compleja por muchas razones. En primer lugar, los prejuicios no ayudan ya que escribir un diario o un cuaderno de reflexiones que van más allá de lo intelectual es algo que parece propio de adolescentes o de gente “rarita” (sobre todo si eres hombre). Seguramente los que más creen en este prejuicio son los que más lo necesitan ya que si te parece ridículo un cuaderno de reflexiones emocionales, es porque menosprecias el efecto de la inteligencia emocional, y por tanto tiendes a reprimir y tapar las emociones con todo tipo de distracciones y obsesiones.

Además, no es un buen trago para nuestro ego tener que aceptar y reconocer nuestros miedos. Y menos dejar evidencia escrita de ello. Nos hacen creer que una persona valiente es aquella que no tiene miedos, sin embargo, la realidad es muy diferente. En la mayoría de culturas ancestrales siempre han sabido que el valiente no es aquel que no siente miedo, sino aquel que se atreve a mirar directa y honestamente a todos sus temores. De hecho ésa es la única forma de disolverlos o mitigarlos.

También hay que tener en cuenta que cuando nos encontramos en un estado emocional negativo, generalmente lo último que apetece es escribir sobre ello. Y para rematarlo, la mayoría de nosotros no tenemos habilidad identificando las diferentes emociones que sentimos. Puedes conocer perfectamente el léxico del mundo emocional, pero ser incapaz de distinguir qué es lo que estás sintiendo o que es lo que te ocurre. A mí me sorprendió bastante ver que era incapaz de diferenciar muchas veces lo que me ocurría…   frustrado y mal, son las únicas palabras que me venían, poco más. Ahora he mejorado algo en ese sentido, pero sigo sin apreciar matices sutiles y sin percibir algunas cosas que ocurren.

Así que con todo este hándicap, es normal que la mayoría de la población no se plantee escribir sus propias vivencias internas. En mi opinión, lo que hace falta para escribir con éxito es lo siguiente:

  • Confianza en que esta herramienta emocional es verdaderamente útil para ti (sólo tienes que ojear cualquier libro de neuropsicología o psicología cognitiva para darte cuenta del valor de esta herramienta);
  • Valentía suficiente para querer descubrir los miedos que están limitando tu vida y tu potencial;
  • Determinación basada en el fuerte convencimiento de que quieres una vida mejor, con más paz interior y alegría interna.

Uno de los milagros de escribir un cuaderno de introspección es que es una herramienta que permite romper con espirales o dinámicas de retroalimentación negativas, es decir, la pescadilla que se muerde la cola de toda la vida. Muchas veces son dinámicas de auto-sabotaje para evitar situaciones que nos incomodan, pero que acaban por aislarnos más, y esto a su vez nos lleva a adoptar conductas (vicios, obsesiones, distracciones,..) que nos alejan inevitablemente de sentirnos libres y felices. Con la escritura es más difícil quedar enredados en estas espirales porque te desmontas a ti mismo, porque ves que tomas decisiones que responden únicamente a evitar “cosas” incómodas que responden a miedos casi siempre irracionales de la infancia. Estamos viviendo nuestras vidas reaccionando y eligiendo de acuerdo a sufrimientos del pasado. Eso no es lo que queremos y necesitamos, así que hay que asumir la responsabilidad de tomar el mando para desarrollar una inteligencia emocional que nos permita vivir la vida que verdaderamente deseamos y nos merecemos.

 


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