Miedo al propio miedo: nuestro mayor enemigo

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Todo ser humano sabe, por experiencia propia, que el miedo es un instinto muy poderoso. Una sensación visceral de la que tratamos de alejarnos en todo momento, y que es capaz de afectarnos y debilitarnos hasta límites insospechados. Sin embargo, si observáramos con detalle todos nuestros miedos, encontraríamos que los más intensos y debilitantes los creamos nosotros mismos. Es más, veríamos que nuestro propio rechazo a sentirlos es lo que los vuelve tan poderosos; es nuestro miedo al miedo quien crea esos monstruos…

No hay nada que haga más fuerte al miedo que intentar rechazarlo y evitarlo. Sólo cuando lo aceptamos como algo normal y natural, como uno de los instintos más importantes del reino animal y gracias al cual seguimos vivos, es cuando su efecto puede diluirse y sobrellevarse con normalidad.

La ansiedad o la angustia extrema no son temores primarios, sino síntomas de reaccionar con miedo al propio miedo.  Querer huir de esa situación y sentir que no puedes es lo que te paraliza y te inunda de esa sensación tan destructiva. Por ejemplo, no es el miedo a volar en avión lo que nos genera un ataque de pánico cuando estamos a punto de despegar; es nuestra reacción a ese miedo el que nos conduce al pánico, el no querer sentirlo, el creer que no podremos soportarlo ni escapar de él.

Todo esto se agiganta porque el miedo es un tabú en nuestra sociedad moderna: no lo aceptamos como algo natural y que tenemos derecho a sentir. Éste prejuicio social condiciona a nuestra mente hasta convencerla de que “¡sentir miedo es una terrible debilidad!”. Con semejante creencia a nuestra espalda, resulta muy difícil afrontar la aceptación y la normalización de nuestro miedos.

Es totalmente lógico y natural tener miedo a algo que no controlamos y que nos genera incertidumbre, pero lo cierto es que esa sensación original es perfectamente llevadera si no se reacciona exageradamente ante ella. Observándola y aceptándola, no hay resistencia que le confiera poder, y por tanto se diluirá rápidamente de forma natural. No es de extrañar que las personas propensas al pánico, enfados o ataques de ira, sean personas con muy poca tolerancia a que las cosas no salgan como ellos desean. Se resisten con extrema intensidad a esa sensación de frustración o de insatisfacción, no aceptan lo más mínimo sentirse inseguros, y al tratar de eliminar esa sensación desesperadamente, acaban provocando que ésta crezca hasta dimensiones desproporcionadas. Tienen terror a su propio miedo… 

Esta pauta emocional es verdaderamente destructiva cuando se hace crónica y generalizada, afectando a todas las facetas de nuestra vida. En este caso, por querer evitar algo tan natural como el miedo, acabamos encerrados en una vida que no deseamos.

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La vida que queremos implica exponerse a miedos que son incómodos de afrontar, así que cuando huimos de cualquier sensación de miedo estamos negando la propia vida. Configuramos nuestro entorno para tratar de controlarlo todo y acabamos encerrados en un pequeñísimo espacio de confort donde minimizamos las sensaciones incómodas. Somos prisioneros de esa zona de ‘seguridad’. Lo justificamos racionalmente, pero acabamos sintiendo soledad porque no hay espacio suficiente para el amor y la confianza en ese mundo ficticio donde no estamos dispuestos a sentir el miedo natural que genera la vida y la incertidumbre que la acompaña.

El miedo no es nuestro enemigo, las sensaciones primarias no dañan, sólo nuestras reacciones son peligrosas y potencialmente destructivas. Y, por supuesto, la peor reacción posible es desarrollar miedo al propio miedo.

–  Sergio –


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Publicado 21 septiembre, 2015 por sergio in category "Reflexiones

2 COMMENTS :

    1. By sergio (Autor del artículo) on

      Hola Iris. Perdona por no contestar pero se me pasó el comentario…
      ¡Muchas gracias y bienvenida al blog!

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